miércoles, 2 de julio de 2014

MANIFIESTO POR LA BICI

Este año no hay manifiesto ni lectura de grandes palabras. Este año toca un cuento. El cuento de un hombre sabio que llegó, hace muchos, muchos años, a la ciudad.

Un cuento en el que me teneis que ayudar. Para desvelar la solución del misterio que este hombre, y muchas otras mujeres y hombres con él, tardaron demasiado tiempo en desvelar. Para eso, habrá alguna frase en la que os pediré colaboración, y cuando os indique así con el brazo, teneis que repetir la última sílaba que diga. Por ejemplo, si digo "la princesa está triste, qué tendrá la princesa" no teneis que decir "una república que le persigue", no. Tenéis que decir 'sa, sa, sa'. ¿Vale?. Si digo “Qué calor, voy a darle al abaniCO”....

COmenzamos, pues.

Hace mucho, mucho tiempo el hombre sabio, sabio, llegó como os digo, a la ciudad.

En la ciudad trabajaba, dormía, reía, jugaba, bailaba y comía. Vivía como el resto de las personas. Pero para hacerlo, tenía que moverse. Sin parar. De un lado para otro. A todas horas y para hacer casi todo. Y eso -pese a que era un hombre tranquilo además de sabio-, le desasosegó sobremanera. Parecía que era el único que se había parado a pensar en ello, pero en esa ciudad raro era el que no necesitaba desplazarse de un lado a otro para hacer cualquier cosa. Algún maligno, pensó, ideó este sistema que pone a varios kilómetros de distancia la casa del trabajo, el cole del parque, el super del gimnasio... Pareciera que este sabio hombre había llegado del espacio, o de un lugar recóndito como para preguntarse estas cosas ¿En qué cabeza cabe hacer las ciudades así?

Alguna razón habría, desde luego, pero se le escapaba. Y así se quedó, meditabundo, moviéndose por toda la ciudad como un zomBI.

Porque no era normal. Que para vivir, simplemente para vivir, tuviera que estar todo el día metido en una máquina infernal que hace ruido, que hay que dar de beber sin parar y que, echando cuentas así, por encima, tiene que dedicarle el sueldo de dos meses al año para poder mantenerlo... Y además, esos humos. No podía ser. Que para vivir tuviera que respirar esos humos ponzoñosos... No, no podía ser. No daba crédito. ¿Acaso alguien le había pedido permiso para meter en sus pulmones toda esa porquería?

-es la cosa más absurda -se dijo cabreado- que jamás conoCI.

Anduvo desorientado días y días. Tantos, que perdió la cuenta. Quizá meses en los que apenas podía dormir y andaba obsesionado todo el día, con un metro en la mano, midiendo aceras, calzadas, bulevares, medianas.... y no lograba comprender quién era el maldito que le había regalado casi un tercio de la ciudad al coche, a ese aparato que se ha adueñado de nuestras calles, de nuestro ocio y de los sueños de mucha gente. Porque...

-¿Cómo será posible que haya quien sueñe con tener un coche más grande en vez de hacerlo con una delicada margarita? Uf! Suspiró...Esto no puede ser, ¡no encuentro la salida a esta maldición!. Estaba entrando en buCLE.

Algo habrá que hacer -se dijo- Hay que buscar solución a este dislate, y hacer de la ciudad el lugar de los ciudadanos, no de los conductores ¿o es que la mitad de los vecinos que ni tenemos coche ni carné no tenemos los mismos derechos que ellos? Porque alguna forma habrá -se dijo- de moverse sin molestar al resto, de desplazarse sin humos y sin ruidos. Y así anduvo, dándole vueltas y vueltas y vueltas…..

¡Pero claro! ¡Ahí está! ¿Cómo no había caído en ello! Es que no la veía, pero siempre había estado delante de mi jeTA.

Como un ZomBI, que no lo conoCI, entrar en buCLE, delante de la jeTA…

¡Claro! ¡Ella era! La BI CI CLE TA !

Esa máquina perfecta para desplazarse en la ciudad. 

Para recorrer cómodamente calles y plazas. La máquina que mejor transforma la energía en movimiento, sacando el máximo partido a la energía que nuestras piernas y nuestro cuerpo pueden generar con un pequeñito esfuerzo.

Para desplazarte con alegría por la ciudad. Porque no sé si os habreis fijado, pero el ciclista se diferencia del conductor en que se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja cuando se mueve por la ciudad, con la brisa acariciándole las mejillas.

Para hacer de la obligación de moverse, un ejercicio saludable para él mismo y para la ciudad.

Pero esa máquina portentosa, esa maravilla del ingenio humano, por increíble que parezca, tiene enemigos. Sí, enemigos poderosos que la arrinconan, que la quieren despreciar llamándola antigüa, cuando atufar a tu vecino y quemar combustible para moverse sí que es troglodítiCO.

Enemigos que hacen y deshacen la ciudad a su medida, llevándose barrios acá, hospitales allá, auditorios para acullá y poniendo rotondas y autobuses a modo de parCHES.

¿Cómo se llaman? Esto.... COCHES ¡claro! Esas máquinas prácticas pero también infernales que nos han hecho comodones. Comodones y adictos a la movilidad, al no parar, al no detenerse, al creer que todo lo que necesitamos está siempre lejos cuando, seguramente, lo verdaderamente importante podamos encontrarlo aquí al lado. Siempre cerca, a golpe de pedal.
Por eso, usemos la bicicleta. Usemos más la bici para mostrar que no tenemos tanta prisa ni tenemos tan malos humos. Porque no necesitamos arrinconar a nadie para movernos. Y porque si somos más, al final, los que tendrán que apartarse son ellos.

Feliz pedalada y felices fiestas.

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